Segunda entrega. ¿Dónde, cuándo y por qué estamos aquí?

Página 21:

“… a caballo entre la edad antigua y la edad media, dado que las Islas habían sido de los últimos sitios en cris­tianizarse…”.

El autor, negligente, no sitúa su historia ni en tiempo ni en lugar. Sin embargo, cabe hacer alguna conjetura.

Observemos, primero, que los nombres de los nobles son predominantemente celtas. Esto nos lleva a Irlanda, en tiempos de las incursiones danesas. En el 841 los vikingos se establecen en lo que sería Dublín, si bien son expulsados en 902 y recuperan el sitio en 917, para perderlo definitivamente en el 980 a manos de Máel Sechnaill macDomnail O’Néill.

Es una pista.

Vayamos a los nombres sajones (los sajones nunca, como tampoco los romanos, conquistaron Irlanda).

Pueden explicar esos nombre sajones los acontecimientos: tras el Sínodo de Whitby (664) monjes cismáticos sajones se establecen en la isla y en 684 Egfrido, rey sajón, intenta una invasión infructuosa, de la que pudieron quedar sajones rezagados.

Asimismo está Ozias —nada que ver, imaginamos, con el Ozías, rey de Judá (809-757 a.C)—.

Ozias, Brenhir Ercanwald, de quien se cuenta que se enfrentó con los sajones (página 29), dice que han pasado 400 años de su muerte: esto nos llevaría, en el caso de Irlanda, al año 1000 y pico, lo cual se contradice con unas incursiones danesas, según el propio texto, aún incipientes. Pero hay que tener en cuenta que Ozias es un fanfarrón: no extrañaría en él una mentira. Por otro lado, nada se opone a que Ozias haya llegado a Irlanda desde lo que ahora es Inglaterra y a que fuese allí, en Gran Bretaña, donde peleó con los sajones.

Sin embargo, para Irlanda hay objeciones de más peso:

-el campamento de la reina (página 128) está establecido “a la romana” y los grados militares (página 130) también son romanos. Esto apunta a celtas británicos romanizados, que fueron precisamente quienes llamaron a la actual Inglaterra a sus futuros invasores, los sajones, para que los defendiesen de los pictos, y cuya estructura militar puede haber prevalecido en algún caso. No sería, por lo demás, descabellado contemplar una convivencia pacífica en suelo británico entre celtas y sajones durante siglos después de la invasión y posterior sometimiento de los celtas: así lo defienden hoy muchos historiadores.

Aunque, aquí también, los términos romanos pueden deberse a celtas romanizados que han pasado a Irlanda y cuyas habilidades bélicas les hayan procurado un lugar preponderante en los ejércitos, manteniéndose luego por tradición la nomenclatura que impusieran.

Otros personajes (el rey Crimthann Nia Niar) apuntan directamente a Irlanda.

En cualquier caso, se trata de un libro de ficción, con hechos, toponimias, dignidades, nombres inventados: no hubo, por ejemplo, nunca un rey Kayn Airem, como jamás existió el Ducado de Marcusia. Demos a la imaginación lo que le pertenece y limitemos el papel de la Historia al de proporcionar un marco verosímil.

Aventuremos que se trata de un tiempo sacado del tiempo.